EL RINCON DE LAS HISTORIAS OLVIDADAS:
El ejido de San Mittre
Cuando se sale de Plassans por la puerta de Roma, situada al sur de la ciudad, se encuentra, a la derecha de la carretera de Niza, después de haber dejado las primeras casas del arrabal, un baldío designado en la región con el nombre de ejido de San Mittre.
Desde hace unos meses corre la voz, que entre los rumanos que vagabundean por el de ejido de San Mittre, hay un tal Diógenes, que se ha instalado entre los viejos carromatos que acampan a sus anchas, aquí y allá, como lo hicieran los antiguos gitanos de siempre. El tal Diógenes esta cobrando fama por sus adivinanzas a ciegas… Me cuentan cosas tan asombrosas que he decidido ir a su encuentro, ya sé, que el lugar aunque siempre concurrido por los viejos que a nada temen y por los pillastres del Arrabal, que ni sienten ni padecen, no es lugar para ir, cuando anochece. Sobre todo sin una buena sombra que te proteja. Pero yo, me he dicho, para qué más sombras, que custodian ese terruño, desde siempre. Contaba ya mi abuela Annet, las más antiguas historias de muertos y aparecidos que llevaron desde el aquel ejido de San Mittre, que fuera un cementerio, que siempre casos raros, les dio, para contarnos y asustarnos de pequeños.
Ahora con el tal Diógenes debe pasar lo mismo, que quieren quitar la morralla que allí se mueve aunque sea nombrando a ése, como un aparecido de otros tiempos. Pero yo , que me he criado cerca del ejido de San Mittre no me lo creo, a la izquierda y al fondo, lo cierran dos lienzos de muralla roídos por el musgo, casi desaparecidos en el tiempo, por encima de los cuales, decía mi abuela se divisaban las altas ramas de las moreras del Jas-Meiffren, la gran finca que tenia su entrada más lejos, en el arrabal, en el lado de enfrente, donde están los pisos en los que vivía, desde que echaran abajo la finca, y la hicieron, el barrio Jas-Meiffren, nuevo.
Yo lo he visto hoy, pasar despacio hacia ese carromato del callejón y me parece el tal Diógenes, para nada, un personaje peculiar, bajito de estatura y cargado de hombros, con el pelo cano y la piel oscurecida de años a la intemperie, semblante tímido, de mirada recta e inocente como la de un niño. Dicen por ahí, que solo a través de los ojos de la inocencia se puede comprender el dolor y la angustia de otros seres humanos. Pero eso yo, no me lo creo. Que miren alrededor, la chiquillería que anda suelta, que llevaban el otro día, cómo balón, un cráneo del vertedero, de esos, que de vez en cuando, arrastra el viento desde el infierno o del callejón de San Mittre, que viene a ser lo mismo, porque del viejo aserradero…La madera que aún queda, se alinea, a lo largo de la muralla del fondo, en pilas de dos o tres piezas, que construyeron, tabla a tabla, en forma de casuchas, que ocupaban los gitanos de antaño; los rumanos en nuestros tiempos, que son de una clase parecida, con mugre, disputas y mujeres ya no tan recias, con niños que amamantan de ubres bien secas. Con las tablas esparcidas por doquier, forman aún, senderos misteriosos, estrechos y discretos, que llevan a una vereda más ancha, que queda entre las pilas y la muralla, es un desierto, una franja de verdor desde donde sólo se ven trozos de cielo.
Desde una ventana al cielo, en un viejo carromato, detenido en vía muerta por donde nunca pasó un tren. Cuentan que este tal Diógenes, todas las noches, mantiene un diálogo inacabado con las estrellas. Ellas, le cuentan sus secretos. Lo transportan directo a la Vía Láctea, cada anochecer y a cambio de sus secretos, Diógenes, dedica su vida a remediar los estragos del alma, de todo aquel que acude a llamar a su puerta. Dicen y no acaban, que la voz, salida de lo más profundo del espíritu… Qué digo yo, que será del de los muertos, del suelo en que el ejido de San Mittre duerme; es capaz de evocar las buenas energías, encargadas de custodiar la existencia. Diógenes es un recogedor de dolamas, sí, de penas ajenas, de ansiedades y esperanzas pospuestas Tendida la mano al doliente, desgrana cual un rosario, con el que logra acertar el destino, trazado desde la hora del nacimiento, con fecha de caducidad… la línea vertical de sus antepasados, sus sueños, su desatino y también el impredecible futuro, que él conoce cómo el presente, que da pelos y señales de todo lo que acontece a quién quiere saberlo. Por lo menos eso cuentan, los que han ido a verlo.
Nadie, por lo demás, piensa ya en los muertos que durmieron bajo esta hierba. De día, solo los niños se meten entre las pilas de madera, cuando juegan al escondite. La vereda sigue virgen e ignorada. Se ven sólo restos del depósito, atestado de vigas y gris polvo. Por la mañana y a primeras horas de la tarde, cuando el sol es tibio, todo el terreno bulle, y por encima de toda esa turbulencia, por encima de los bribonzuelos que juegan entre las piezas de madera y de los rumanos que atizan el fuego bajo su puchero, la seca silueta del chichichaque montando en su viga se recorta en el cielo, balanceándose de nuevo, como para reglar la vida ardiente y anónima que ha crecido en este campo del eterno reposo. Solo los viejos, sentados en las vigas y calentándose al sol poniente, hablan a veces entre sí de los huesos que vieron acarrear antaño por las calles de Plassans, en el legendario volquete…Cuando cae la noche el ejido de San Mittre se vacía, se vuelve insondable, semejante a un gran agujero negro. Sobre todo en invierno, el lugar resulta siniestro, eso dicen por ahí. Al fondo, sólo se vislumbra ya el resplandor agonizante de la hoguera de los rumanos A veces, unas sombras desaparecen silenciosas entre la espesa masa de tinieblas. Pero yo, a pesar de todo, pienso ir a conocer a ese tal Diógenes de ahora, para saber de una vez, si es verdad o mentira, todo lo que de oídas he ido conociendo, pero para mi, que todo son fantasías, como siempre se han contado de este rincón olvidado del ejido de San Mittre, que me lo cuenten a mí que llevo casi doscientos años escuchando las mismas historias, desde que movieron los huesos en aquel volquete maldito, dejándome tirado, bajo esas tablas de madera que me impiden salir…
Tu mirada
Te has encontrado conmigo después de tantos años, tú, claro, no me recuerdas, pero yo tendría que tener una venda en le pensamiento para haberte olvidado: tú, Fernando, siempre fuiste muy despistado, acuérdate cuando me decías, que estabas trabajando en las vías del Ave, yo te iba a buscar a la salida de la estación; te esperaba ilusionada, a que medio derrotado, vinieras en mi busca para contarme cómo te iba. Te veía salir tan limpio, tan sin un tiznón, ni un mal doblez en tú mono azul, sin una mancha de barro en los zapatos. Me hacia cruces, de lo cuidadoso que eras. Tú, siempre tan sarcástico, solías decir “El que trabaje tan abajo, no significa que no aspire a lo más alto”. Pues puede que tuvieras razón, pero yo con saber que tenías un futuro y poder compartirlo contigo, era bastante. Luego me contaste entre risas que lo tuyo era el violín y no ibas a machacarte tus manos, en un oficio de nada. Pero ya era tarde para comprender tus despistes, tus mentiras, tus engaños… Ni en las vías, ni en ninguna parte, lo tuyo era ser el niño mimado de mamá, entre tus tres hermanas. Las pobres, que suerte de ser sólo mujeres, y tú el mejor hijo de mamá, tan cariñoso, tan fiel. Acuérdate que a cada paso repetías. Mamá tiene razón cuando dice: “El mundo es grande, y tu con tú música serás un gran concertista “Claro que tonta de mi, ni me enteraba del resto de la frase… pero no un peón caminero. Qué se cree esa tonta, que voy a dejar que mi hijo, sea un don nadie…
Los años vuelan y tú, te fuiste sin mirar atrás, para ver mundo, que no hay piedras en el camino, cuando se camina hacia delante. Al verte hoy con tus nuevos compañeras de trabajo he recordado, que como eres tan despistado, cuando tú mirada y la mía se han encontrado, tu ves el vacío de tus ínfulas, al tener que trabajar mas abajo si cabe. Yo en mi coche, con mis niños a la guardería, con mi marido en su trabajo, que dentro de unas horas vendrá cansado, pero con mirada tierna, con calor en sus brazos, acuna al más pequeño y me pasa el brazo por los hombros, mientras el mayor cuenta con voz entrecortada su día de clase, y apretada a su costado, me olvidaré para siempre de tus olvidos y engaños, que lo mejor de mi vida ha sido verte y que no me reconozcas y saber que ahora no hay venda que oculte tú recuerdo, porque por fin solo quiero olvidarte
Benito "el tuerto"
Se adentra en el pueblo por un camino que lo bordea, rodeado de altos álamos blancos y a la vez que recorre las calles con la mirada atenta, las manitas firmes sujetando un pequeño mochuelo, ve alguno de los tejados, por el que se escapa un humo denso y gris, el sol apenas una rendijita en el horizonte, todavía tardará un rato en calentar. Silencioso apresura el paso por detrás del granero del tío Ramón, tropieza con unos sacos aquí, con un canasto de mimbre lleno de troncones allí.
La hierba cubierta por el rocío de la noche le moja los pies, apenas protegidos por las destrozadas sandalias de cuero, la ve a su paso por entre los ladrillos encaramada, tapizando el muro de verdina, dando paso a la humedad en las partes más sombrías
El visitante nocturno busca con mirada de decepción, por las ventanas abiertas, si los vecinos están dormidos aún. Ve los árboles de ramas llenos de frutos maduros, recoge unas manzanas del suelo, las guarda en el bolsillo, recorre rápido un tramo más, ni un ladrido rompe el silencio. Apresura el paso por las callejuelas empedradas, tropieza como si fuera a caerse, tras cada nueva esquina apura un poco más, con hábiles manos sujeta sin esfuerzo el pequeño animal que quiere volar, manteniendo el mismo paso, derecha, izquierda, derecha.
Al pasar por la plazoleta donde está la iglesia, -su torre y la campana con la que llama a oración Nicasio el sacristán-se para delante de la fuente, un rectángulo enorme de piedra oscura con columna, tejadito y en medio un grifo. Bebe del chorrito permanente. Se da cuenta asombrado, que éste es el camino obligado para la gente de todo el pueblo. Dentro de un rato aparecerán las mujeres con sus cántaras, las llenaran de agua para empezar el día con la primera carga, porque hay que ver qué rutina ¡cuántas y cuántas veces hacen el mismo recorrido! Da la vuelta alrededor, recordando cada uno con los que se tropieza: Con la Curra, del puesto de verduras bajo el soportal, camino del mercado, contara con pelos y señales las noticias, como si se fabricaran en la noche, para venderlas a primera hora antes que se pierdan. Luego cuando pase para la escuela a toda prisa, se cruza con los que abren las tiendas, donde Juan el panadero está sacando ya, en la tahona el pan recién horneado, la droguería de Lucia, la lechería del Julián que debe estar ordeñado a “garbosa” y a “palmera” las primeras, Mariano el carbonero, que viene camino del monte, con la mula engancha al carro lleno hasta arriba de leña seca. A la salida de la escuela serán los viejos que toman el sol en las tardes del invierno, y la sombra, al amparo, de los frondosos castaños en el verano, cuando aprieta el calor… Entremezclados, haciendo el pino, jugando al corro, al burro o al pilla-pilla se juntan los niños; porque a la pelota allí no les dejan, en el descampao del melonar del tío Pedro, es el mejor lugar y no les riñen las viejas.
Una voz estridente suena en el callejón, viene del interior de la casa de Benito, la abuela está harta de llamarlo para ir a la escuela.
-¡Benito...! ¡Benitoooo! ¿Dónde estás? ¡Cómo te coja… te voy a cortar las orejas!
El silencio, es total por unos breves minutos. De pronto, el ladrido de los perros, irrumpe desde la calle principal hasta el callejón. Detrás de las casas, del jardín del alcalde, del médico, en los patios traseros del boticario, y de ahí entra al callejón por los corrales, los cerdos que gruñen, entre las gallinas que se alborotan, todos a la vez, ladran sin parar. Mientras la figura escuálida y desarrapada cruza veloz desde las traseras de la calle mayor hasta el callejón; Benito llega sin aliento, con el faldón colgando por detrás, la portañuela abierta.
-¿Abuela qué quiere? Ya estoy aquí,¿por qué chilla tanto?-, espera el consabido pescozón, o un palmetazo de la abuela, antes que la respuesta.
-¡Ven aquí pillastre! que ya has alborotado el pueblo y ¡sólo son las siete de la mañana!
Las luces de carburo empiezan a encenderse en las ventanas del vecindario… Las matutinas regañinas de la Jacinta y Benito son como el vaso de leche recién ordeñada, con dos dedos de espumosa nata o la hogaza de pan horneado apenas una hora antes. Todos saben de las correrías nocturnas del zagal de apenas seis años, de la pobre Jacinta siempre volcada sobre el lavadero público lavando a destajo por unas pocas perras. El pueblo empieza a despertar un día más.
Benito tiene un ojo menos que el resto de la gente, por eso lo llaman Benito el tuerto.
Lo perdió dos años atrás, cuando en una de sus primeras escapadas en busca de unos papás que jamás volverían, se dio con una maldita rama que se interpuso en su camino, y lo dejó tumbado unas pocas horas hasta que los vecinos dieron con él. Contempla la vida del lugar con tal curiosidad que nada de lo que pueda ocurrir en el pueblo y sus alrededores escapa a su ojo sano. Dice la abuela Jacinta que el Señor que a veces se olvida de sus criaturas, quiso compensarlo por la doble pérdida y le ha dado la facultad de ver mucho más que los demás, por el ojo que le queda. En el fondo Jacinta es un alma de Dios y perdona al Señor por tantas desgracias como acarrea ella sola, deja a su nieto libre como un cuclillo para que pueda volar de acá para allá.
Mientras recoge la cama de la habitación donde duerme con su nieto le dice a voces, como una letanía sin fin
-¡Benito, venga de una vez! Tomate el tazón de la leche, ahí quedó un poco de pan del de anoche, mígalo rápido y apañate ese faldón y la portañuela que se te va a escapar el pajarito.
El mochuelo que lleva escondido entre el pecho y la camisa empieza a revolotear queriendo escaparse de la prisión. El niño con la presteza de sus ágiles dedos lo esconde le responde apurado.
-Sí claro, el pajarillo que se quiere escapar-.Mientras retrocede hasta el corral para meterlo en una jaula.
De nuevo resuena la voz la abuela en el interior.
-Te he dicho mil veces que no vayas detrás de mí que yo salgo a las cinco cuando es aun de noche porque he de ir a lavar ¡Ojalá pudiera quedarme en la cama un rato más como tú!
- Pero si sabe usted que no me alejo, lo más hasta la casona-. Dice conciliador, viene con la cara limpia del agua del pilón.
-¿Desde la casona vienes?-.Vuelve a gritar-. ¿Estás tonto o qué te pasa? Te pueden coger, cualquier loco que anda suelto, que son malos tiempos, o no te enteras de lo que está ocurriendo.
Benito la mira con su solo ojo, como midiendo el alcance de las palabras de la abuela, es un niño despierto acostumbrado a decidir cada minuto del día al faltar una mano dura que lo guíe.
-¿Quién es el que puede cogerme? Si yo corro más rápido, que ningún zagal del pueblo ni los más grandes pueden conmigo- Contesta orgulloso.
-¡Santa inocencia! El que puede cogernos a todos, el hambre, la miseria que trae las guerra, que viene por los caminos de la ciudad hasta la última aldea, ¡mi niño, qué sabes tú de la guerra!-. Dice Jacinta como en un rezo para exorcizar los demonios, mientras se santigua temerosa.
-La guerra, ¿qué es la guerra abuela?, que todos en el pueblo andan haciendo corrillos y nos echan fuera, ¡aparta que estorbas! Dicen mientras cuchichean en voz baja para que no los oigamos.
-¡La guerra Benito es una mala bestia! ¡Que vuelve a los hombres malos, muy malos unos contra otros aunque sean de la misma leche, aunque mamasen de la misma teta!
-¡Abuela, cómo la coneja que se come a las crías! -. Con el ojo muy abierto.
-Sí como la coneja, como ¡esa maldita bestia!- Dice la Jacinta con mucha tristeza.
Y los dos piensan en la tarde de antes, cuando fueron al cajón vieron los cuerpecitos sonrosaditos, pequeños, ahora sanguinolentos a medio devorar, todos los conejillos recién paridos, entre los pelusa gris del nido, tan largamente preparado por el animal días atrás.
-¿Abuela, sabe por qué los mató? No habían hecho nada más que nacer.
-¡No Benito, yo tampoco lo sé!-. Guarda silencio.
Benito termina de desayunar, le da un abrazo, de los que consuelan a Jacinta de tanta miseria. Ya en la puerta vuelve la cara y dice muy serio.
-Abuela, no se preocupe por mí, que no me alejaré más, tan de noche. Pero el tiempo es para los niños, “lo que dura un suspiro para un viejo” y Benito olvida pronto su
Alamos Reales
Se adentra en el pueblo por un camino que lo bordea rodeado de altos álamos blancos y a la vez que recorre las calles con la mirada atenta, las manos firmes en el volante, ve alguno de los tejados, abierto al cielo, en el que entra el sol sin esfuerzo hasta el último rincón, silencioso, conservando huellas del pasado. Aquí unos sacos destripados, allí un canasto de mimbre estrujado.
Las malas hierbas crecen a sus anchas por suelos, entre los ladrillos, encaramadas, tapizando el muro de verdina, dando paso a la humedad en las partes más sombrías
El visitante busca con mirada de decepción un vestigio de vida alrededor, los árboles de ramas vencidas por el peso de los frutos maduros, pájaros picoteando las manzanas, retozan dueños del lugar, pero ni un ladrido rompe el silencio. Da una vuelta más por las callejuelas empedradas, el todoterreno chirría como si fuera a desparramarse tras cada nueva esquina, pero las hábiles manos sujetan sin esfuerzo el volante, manteniendo el rumbo, derecha, izquierda, derecha.
Al pasar por la plazuela donde está la iglesia, su torre con la campana quieta, aminora la marcha y se para delante de la fuente, un rectángulo enorme de piedra oscura con columna, tejadito y un grifo en su centro, el fondo agrietado. ¡Ojalá oyera aunque fuese el goteo del agua en la piedra! Más allá un soportal vacío…sigue el camino despacio cuesta abajo, las calles desiertas
Por fin, el Valle de Cuyes se extiende ante sus ojos. Las mieses sin segar desde hace años, piensa, como un manto que dora la tarde. En el horizonte empieza a declinar el sol…
¡La noche se me va a echar encima, dice en voz alta, parece que aquí oscurece más pronto! Si no llega a recibir aquel folleto la ciudad le estaba asfixiando… tanto trabajo, sin tiempo para vivir. Luego está el aviso… El corazón no perdona, dijo Pedro. ¡Hazme caso, disfruta de la vida por una vez o este maldito trabajo, acabará contigo! Llevo años advirtiéndotelo ¡Pero ahora, es una orden!
Tengo que apresurarme, se dice para sí mismo algo descorazonado. Mira de reojo el plano que le han dado en la casa de subastas. Debo encontrar la vereda que me llevará a la finca. ¡Todo ha sido tan inesperado! suspira. La adquisición del lote parece un chollo. Algo, que aún me sorprende, la rapidez de los trámites, todo. ¡Cómo he podido embarcarme en está aventura, a pesar de estar incluida la maldita cláusula! ¡Por qué todo tiene truco, lo sé! Las llaves en el bolsillo trasero tintinean a cada salto del coche. Quiero llegar con luz de día. Por aquí solo veo recodos, caminos y veredas… La vida es una contradicción, ¡tantos días… años, poniéndole diques al mar! …y ahora, ¿a dónde me dirijo, a ninguna parte…? OH, hacía el resto de mi vida, no importa por cuánto tiempo.
Sin perder de vista el plano, se adentra en un camino a desnivel, un letrero apoyado en una cerca reza… Los tilos. Sigue con un traqueteo forzado por las ruedas, pisando gravilla. La noche se cierne a su paso dejando que los faros del coche alumbren el sendero. Las sombras ocultan el entorno arbolado, sólo se oye el crujir de ramas secas tronchadas por los neumáticos, y lejano, el chillido de un ave nocturna. Llega al cabo de unos minutos, frente a una gran verja rodeada de un muro altísimo que le impide ver lo que guarda en su interior. Bueno pues… ¿Adelante, no? Se sonríe mirándose por una fracción de segundo en el espejo retrovisor: Los ojos color gris, detrás de las finas monturas, con una profundidad insondable. Los labios delgados, en los que aún permanece la sonrisa. La barbilla, voluntariosa, luce una barba de algunos días ¡qué mal te ves, sin afeitar! Pasa la mano de forma automática, por los cabellos lacios, algo largos en los que las canas empiezan a posarse a traición. Frena dejando que las luces alumbren lo suficiente para poder abrir y tener el acceso a su nuevo hogar… La maleza se ha adueñado del jardín muchos años antes que del resto que he estado viendo hasta hace un rato, piensa, acercando el coche lo más posible al soportal. Ahora ya no puedo volverme atrás, esto es lo que hay… Dejo de luchar por unos miles. Al menos que me sirvan para empezar de nuevo… o para terminar perdido en el culo del mundo… qué más da. Sale del coche. Del manojo de llaves prueba una tras otra hasta dar con la que abre la puerta, le da al interruptor de la luz, pero no se enciende. ¡Fus... qué esperabas cretino! Se dice molesto La casa ha estado cerrada durante más de cuarenta años. ¿Qué pensabas, qué se encendería la luz, ahora?
Lo dijo el de la casa de subastas, un administrador o algo así. Sin duda habrá que reparar algunos desperfectos, dijo aquel hombre, pero tenga en cuenta el precio tan bajo al que ha salido a subasta y su puja fue la mejor de tres. Eso caía por su peso. Que no era muy importante el lote para los compradores habituales. Toda una ganga… ¡propaganda barata, ba…! Siguió diciéndole el administrador. Algo que por un momento le hizo dudar de su adquisición, le aseguró que no devengaría ningún perjuicio económico sobre lo acordado, la condición expresa de la cláusula A, tiene un requisito establecido por el vendedor y que deberá cumplir por mandato de nuestra firma, bajo poder notarial Al no existir herederos legales, quién se haga dueño de este lote, cuando se establezca por más de un año en la casa, recibirá un sobre cerrado, con una petición que deberá cumplir como legado.
-Claro que esos inconvenientes me importan un pito. He decidido cambiar de vida y el precio que tenga que pagar, es lo de menos ahora. Murmura en voz alta.
Ni tan siquiera este lugar extraño. Echa una ojeada alrededor, los rincones envueltos en total oscuridad, parecen muros espesos contra los que se estrella la vista, deslumbrada aún por los faros. Poco preparado para habitarlo, se anima, nada ni nadie me hará desistir. Empezar, lo más lejos posible de todo, es prioritario.
Busca en la guantera una linterna, y rebusca entre el abultado equipaje el saco de dormir. Por el momento no necesita más, acampará en la entrada y cuando amanezca se preocupará del resto.
Los primeros rayos del día entran tímidos por las persianas desencajadas, manteniendo muchos ángulos en semipenumbra. Echa una mirada alrededor, intentando situarse en el tiempo y el espacio. Se despereza frotando enérgicamente los hombros entumecidos. ¡Qué noche, uff, me duele todo! Se incorpora despacio.
Las formas empiezan a dejar de ser anónimas, el polvo del olvido lo cubre todo. La pieza es amplia, un antiguo zaguán da entrada a la casa. Se levanta… avanza como si irrumpiera a un pasado oculto, que no le atañe. Se apodera de él una extraña sensación como si fuera un intruso que viola la intimidad ajena. Destrucción, soledad, muebles que alguna vez dieron calidez de hogar, hoy son sólo objetos ruinosos, testigos mudos de tantos años vacíos. Una chimenea preside la pieza siguiente, frente a ella dos enormes butacas mantienen una solidez inesperada, de las paredes cuelgan marañas tan densas que más de un insecto permanece atrapado para siempre. Las puertas abiertas de par en par, dejan entrever otras habitaciones, con techos de vigas desnudas, tan desoladas y frías que parecen enormes. Acostumbrado al apartamento de la ciudad, todo parece desproporcionado. ¡Necesitaré tiempo sin duda, para acostumbrarme a esta amplitud! Pero será interesante rescatar la casona. Siente por primera vez una ilusión… Una sensación agradable, olvidada por la monotonía y la rigidez de su vida en los últimos tiempos.
Toda la mañana, se dedica a explorar sus posesiones la casa tiene, además del zaguán, un amplio comedor con la chimenea ennegrecida. Entra en la cocina, la lumbre sin ascuas que servía como fogón, conserva suspendido un caldero muy deteriorado, negro como el fondo del infierno. Parece la parte principal de la casa, con dos alacenas, puerta trasera que da al patio, corrales, con su pozo y la alberca con agua de lluvia. Cinco dormitorios, sótano y buhardillas, de altos techos, Por todas partes hay excrementos de animalillos, agujeros por donde se cuelan a sus anchas.
-La finca es demasiado grande, yo diría que inmensa, para recorrerla de una sola vez. Menos mal que dispongo del todoterreno. Piensa aliviado. Ante él, delante del porche dos enormes tilos como dos columnas sin fin, se encaraman salvajes al cielo, la hiedra indomable se ha apoderado de cada tramo de los desgastados ladrillos, tan frondosa, que la casona apenas destaca de entre la maleza que la rodea.
Un abandonado legado de árboles frutales, ciruelos, perales, almendros de duras vainas en los patios traseros, entre troncones derribados, cuyas ramas no han sido taladas en años. En la zona mas al sur, la mayor extensión hasta donde alcanza la vista, se distinguen senderos dónde las malas hierbas se han convertido en un todo, como un campo sin segar, indefinido, con montículos y pequeños bosquecillos de pinos cargados de abiertas piñas, rociadas por el suelo propagan su olor seco de resina por encima de las finísima pinaza marrón que amontonada empieza a descomponerse. Mas allá algunos cañaverales, en las zonas más profundas, cerca de algún arroyuelo. Recuerda que crecen donde hay agua, ahora destacan por su caña seca después del calor estival que han soportado. Los álamos blancos, con sus regulares hojas de un verde metalizado empiezan a caer agrietadas y secas, dejando su rastro por doquier.
Un par de graneros reventados, y pedazos de cerca en la que los duros cipreses han sostenido contra toda tempestad y años de dejadez y olvido. Tanta zona, aún de la propiedad, que apenas entrevé asombrado. Creo que no tiene fin. ¡Tendré que enterarme cuales son las lindes reales! musita en voz baja. Mira el reloj… casi mediodía.
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